Salí del despacho con el corazón, latiéndome con fuerza en las sienes, con la garganta cerrada y las manos temblorosas. Caminé por los pasillos de aquella mansión como si el suelo estuviera cubierto de brasas, pero no sentía miedo. No. Lo que hervía dentro de mí era furia.
Furia por cómo me había hablado.
Furia por cómo me había mirado.
Furia porque, aunque quisiera, no podía dejar de sentirlo clavado en cada parte de mi cuerpo, como una espina ardiente que no se dejaba arrancar. ¿Cómo podía od