Me encerré en el despacho dando un portazo que hizo vibrar los marcos antiguos de la puerta. Caminé con furia contenida hasta el bar, me serví un vaso de whisky y lo bebí de un trago. Ardió. No solo en la garganta. También en el pecho, en los recuerdos. En todo lo que Ludovica acababa de decirme.
Esa mujer tenía el don —o la maldición— de ponerme al límite.
Apoyé las manos sobre el escritorio, cerré los ojos, respiré hondo. Pero no sirvió de nada.
Estaba enfurecido.
Su mirada desafiante. Su for