El auto negro me esperaba frente a la escalinata principal.
Gabriele ya estaba sentado en el asiento trasero, con una pierna cruzada y los ojos clavados en el parabrisas. Frío, inalcanzable. Ni una palabra, ni un gesto. Solo ese silencio espeso que lo envolvía como un muro.
Tragué saliva, sentí la garganta áspera, seca. Subí al auto con pasos tensos. Estaba atrapada otra vez. Él no se movió. Ni siquiera me miró. Como si fuera aire. O un estorbo.
El motor rugió suave y comenzamos a avanzar. Me o