No había pasado mucho tiempo desde el beso, y yo aún sentía los labios ardiendo. Me había apartado con la torpeza de quien intenta negar lo innegable, con el corazón, latiéndome en los oídos, cuando escuché el chirrido suave de ruedas acercándose por el pasillo.
La mujer regresó, empujando un gran exhibidor lleno de ropa colgada. Eran decenas de prendas perfectamente organizadas por color y tipo. Trajes, vestidos, blusas vaporosas de seda, pantalones ajustados. Y en sus manos, además, traía vari