Los pasos se acercaban con una cadencia inconfundible. No necesitaba girar la cabeza para saber que era él. El silencio que se había instalado tras las palabras de Don Antonio se volvió más denso, más amenazante, como si todo en esa casa supiera cuándo contener el aliento.
Gabriele apareció en el umbral del comedor con esa seguridad arrogante que parecía envolverlo como un abrigo. Llevaba una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y unos pantalones oscuros que marcaban su andar re