No eran amigos. Ni siquiera eran buenos compañeros de piso. Aun así, Silas estaba inquieto. Vida no se había despertado, no había salido a trabajar, y ya era mediodía. Algo dentro de él, que nunca se había activado por nadie más, lo empujó a moverse. Preparó dos sopas instantáneas —el gesto más íntimo que conocía—, dejó una en su propia mesa y se armó de valor para tocar la puerta de su compañera.
Ella abrió con el ceño fruncido, desconcertada. No entendía qué hacía él ahí, golpeando su puerta.