El amanecer llegó sin ruido, con un cielo tan limpio que parecía recién creado. Isolde caminó entre los árboles, el cuerpo exhausto, pero con una determinación que le quemaba las venas.
A su alrededor, las criaturas que habían despertado del hielo la seguían en silencio: Kaelion, Vida, Milah, Nixara, Silas, Caroline, y la ángel cuya luz hacía titilar los copos de nieve.
El valle había vuelto a respirar. El viento no era ya enemigo, sino anuncio.
—No podemos esperar más —dijo Kaelion, mirando