Habían pasado dos años desde aquel gran desastre que cobró la vida de Isolde.
El mundo no volvió a ser el mismo, pero aprendió a respirar de nuevo.
Las ruinas se convirtieron en memoria, y la memoria, con el tiempo, en enseñanza.
La nieve seguía cayendo sobre Islandia, aunque ya no hería.
Era suave, blanca, limpia; caía sobre los tejados y los árboles como si los acariciara.
El viento, que antes traía el sonido del caos, ahora susurraba nombres en voz baja, nombres de los que se fueron, de