El amanecer no trajo luz, sino un silencio denso que parecía eterno. Los elfos y los ángeles caminaron entre las ruinas del templo con los cuerpos en brazos, envueltos en mantos de plata. El aire era tan frío que el aliento formaba nubes suspendidas, y el llanto se mezclaba con la bruma.
No hubo cantos ni plegarias. Solo el sonido de la nieve cediendo bajo los pasos de quienes llevaban a sus caídos.
Entre ellos, el anciano ángel —aquel que había llorado la noche anterior— encabezaba la procesi