Las semanas siguientes a la cesión del poder se volvieron un invierno sin final. El edificio del holding ya no tenía vida, solo obediencia. Los trabajadores caminaban con la cabeza gacha, temerosos de hablar más de la cuenta. El sonido de los tacones de Isolde sobre el mármol era lo único que rompía el silencio, pero nadie la saludaba. No por desprecio, sino por miedo.
Su padre había convertido aquel lugar en un reino de sombras.
Desde su oficina, Isolde observaba a los empleados despedidos sa