La certeza de que Wilson respiraba, de que su corazón latía en algún lugar frío y oscuro, transformó la quietud de mi prisión en la calma tensa que precede a la tormenta. Ya no era una actriz interpretando un papel; era un soldado en vísperas de una misión suicida. Cada sonrisa forzada a Marko, cada conversación banal, era un movimiento táctico más en el tablero invisible que Tomás y yo compartíamos.
Nuestras interacciones, siempre bajo la lupa omnipresente de Marko o sus guardias, se volvieron