La trampa tendida al fiscal Mendoza dejó un regusto amargo en mi boca, pero también solidificó mi papel. Marko ahora me veía no solo como su esposa, sino como su confidente. Su paranoia, antes dirigida hacia mí, ahora me incluía como un centinela más en su fortaleza. Era un progreso envenenado, pero era progreso.
Sin embargo, la memoria USB seguía latiendo como un corazón secreto dentro de la pluma. Y mi propio corazón guardaba otra herida abierta, una que creía cicatrizada por la desesperación