La calma era una mentira demasiado perfecta. Yo la había construido ladrillo a ladrillo, con sonrisas medidas y palabras cuidadosamente dosificadas, pero Marko Luksyc no había sobrevivido tanto tiempo en las sombras creyendo en los milagros de la domesticación. Su paranoia, ese sexto sentido que olía la sangre antes de que se derramara, comenzó a agitarse.
El cambio fue sutil, como todo lo que hacía. Una mirada que se posaba en mí un segundo más de lo necesario durante la cena, no con deseo, si