El zumbido de la bomba de alimentación se convirtió en el latido de mi nuevo mundo. Un sonido constante, mecánico, que marcaba el paso de las horas en la eternidad gris de mi celda. Ya no existían el día y la noche; existía el tiempo en que la máquina zumbaba y el tiempo en que callaba. Doce horas de sumisión líquida, doce horas de vacío.
Mi cuerpo, traicionero, comenzó a responder. La debilidad extrema dio paso a una simple debilidad. La niebla mental se disipó lo suficiente para que la concie