El mundo se había reducido a la textura de la manta áspera contra mi mejilla y al zumbido sordo en mis oídos. La debilidad ya no era una sensación, sino un estado de la materia. Mis huesos parecían de plomo, hundiéndome en el colchón, y el simple acto de abrir los párpados requería un esfuerzo titánico que rara vez emprendía. La luz que se filtraba por los respiraderos altos era un recordatorio lejano de un planeta en el que ya no vivía. Aquí, en el fondo del océano de mi agotamiento, el hambre había dejado de ser un dolor para convertirse en una presencia abstracta, un vacío que lo devoraba todo, incluidos mis pensamientos. Ya no ansiaba comida; ansiaba el olvido.
La puerta se abrió con un chirrido que me pareció provenir de otro universo. No era el paso firme y seguro de Marko. Era un ruido diferente, acompañado por el suave crujido de ruedas de goma sobre cemento. Forcé los ojos a abrirse, las pestañas se pegaban como si hubieran estado selladas.
Una mujer de edad indefinida, vesti