El mundo se había reducido a la textura de la manta áspera contra mi mejilla y al zumbido sordo en mis oídos. La debilidad ya no era una sensación, sino un estado de la materia. Mis huesos parecían de plomo, hundiéndome en el colchón, y el simple acto de abrir los párpados requería un esfuerzo titánico que rara vez emprendía. La luz que se filtraba por los respiraderos altos era un recordatorio lejano de un planeta en el que ya no vivía. Aquí, en el fondo del océano de mi agotamiento, el hambre