El silencio en la celda pesaba como losa sobre el pecho. R-07. Mi nuevo nombre. Un número que reemplazaba a Alma Balmaceda. Cada músculo me gritaba, recordándome el barro, las alambradas, el muro de cuerda. No había sido la más fuerte, pero sí la más terca. No me doy por vencida. Esa frase me mantuvo en pie, dirigida a mi padre, a los Luksyc, a todos los que subestimaron mi obstinación.
Pero en la quietud, otras voces resonaban. La del perfilador, sus preguntas como cuchillos. "¿Confía en Tomás