La imagen de Wilson inmóvil sobre esa manta gris se había incrustado detrás de mis párpados. Cada vez que cerraba los ojos, la veía. Quince segundos de un bucle infinito que se desarrollaba en la pantalla de mi mente, un tormento perfectamente dosificado. Me desperté sobresaltada en el sofá de R-7, el sabor del pánico aún seco en la garganta. El té de Claudia, ahora frío, seguía en la mesa. No podía recordar haberme dormido.
El dosier "Hilo Rojo" estaba abierto frente a mí, las páginas llenas d