Capítulo 25 — Lo que se llevan sin hacer ruido
Me despierta el trotecito de siempre: uñas pequeñas sobre parquet. El olor a jabón de la noche anterior todavía flota en el departamento. Preparo café. Reviso el correo: “recibido, en análisis”, dice el sistema sobre Arturo. Guardo el celular y salgo. Wilson me sigue hasta la puerta y se queda sentado, con la cabeza ladeada.
—Vuelvo temprano —prometo.
El hospital respira con su ritmo habitual. Paso por Calidad, dejo mi bolso, me pongo la credencial. En la pantalla, el oficio por la trazabilidad de Arturo sigue en cola.
Es al volver de Archivo cuando noto el sobre sobre mi teclado. No tiene remitente, solo “Alma” escrito con un plumón grueso. Lo abro. Dentro, una hoja impresa con una sola línea: “¿Dónde dejaste a Wilson?”
Leo la pregunta dos veces. Miro la pantalla como si pudiera devolverme a una realidad en la que esa pregunta no existe.
—¿Alguien dejó esto? —pregunto, sosteniendo el sobre.
Nadie sabe. Nadie sabe nada cuando algo impor