El coche giró por una avenida bordeada de árboles y, de pronto, la vi.
Una mansión blanca, elegante y silenciosa, rodeada de jardines tan perfectos que parecían pintados. Las luces cálidas del interior se filtraban por los ventanales, dándole un aire de postal.
Tragué saliva.
—¿Viviste aquí? —pregunté con voz baja, intentando sonar casual.
Lorenzo asintió, sin apartar la mirada del camino.
—Hace mucho. Pero nada cambia aquí. —Su voz sonaba serena, aunque en el fondo percibí algo más… una sombra