No entendía cómo había llegado a ese punto.
De pie, en medio del lujoso comedor de los Dimonte, rodeada por miradas que podían cortar como cuchillos, solo quería desaparecer. Pensé que después de aquella cena, nos marcharíamos, pero no… las mujeres de la familia decidieron quedarse tomando el postre. Y yo, por educación, tuve que quedarme.
—Isabela, cariño, ¿no probarás el pastel de moras? —preguntó una de las tías, con una sonrisa que olía a veneno.
Asentí levemente, fingiendo cortesía.
No que