Estaba rendida.
Había dormido apenas unas horas después de la noche con Lorenzo. Había soñado con su sonrisa, con su voz, con su mirada detenida en mí como si yo fuera la única persona en el mundo. Dormir así era una forma de huir de la realidad; cerrar los ojos y dejar que ese recuerdo me envolviera era un alivio que no sabía que necesitaba.
Pero entre el sueño y la inconsciencia, un zumbido lejano empezó a colarse en mis oídos. Al principio lo ignoré, convencida de que era parte del sueño, ha