Después del desayuno, la cocina parecía el escenario de una batalla menor: platos apilados, tazas sin lavar, restos de tostadas y la tensión silenciosa de quien quiere ayudar, pero no tiene ni idea de cómo hacerlo sin provocar una catástrofe. Y esa, claramente, era yo.
—¿Puedo ayudar? —pregunté con mi mejor sonrisa, ya con las mangas de la camiseta arremangadas.
—No —respondieron tres voces al unísono: Lara, Viktor y Pavel.
Me quedé quieta un segundo, parpadeando con dramatismo.
—Vaya, qué acog