CAPITULO 38

La casa estaba en silencio. No el silencio tenso de una guerra que aún no ha estallado, sino ese otro, el que queda después. Cuando el eco de los disparos ya se ha apagado. Cuando los cuerpos han dejado de temblar.

Entramos sin prisa, con las botas manchadas de tierra y los ojos más viejos. Nadie dijo nada al cruzar el umbral, como si todos temieran romper la delicada quietud que nos envolvía. Pero yo sentí algo al pisar ese suelo familiar. No era alivio, no del todo. Era más bien una tregua.

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