El pasillo estaba en penumbra. Me apoyé contra la pared, como si mi espalda necesitara algo sólido para sostenerse.
-¿Qué quieres ahora? -pregunté en cuanto contesté, sin saludar, sin suavizar.
-¿Has pensado lo que te dije? -La voz de mi padre sonaba igual que siempre: arrogante, seca... como si tuviera el derecho de pedirme algo después de todo.
-He pensado en cómo harías envejecer mejor si te callaras de una vez.
-Bianca...
-No soy un objeto -seguí-. No soy una ficha que puedes mover en tu ta