Me quedé tumbada en su cama, envuelta en las sábanas que aún olían a él, con la piel aún ardiendo por todo lo que acabábamos de hacer. Nikolay se había vestido deprisa —aunque no sin lanzarme una última mirada oscura— y salió de la habitación murmurando algo sobre ir por agua. No le respondí. No podía. Tenía el cuerpo flotando y la mente enredada. Me giré sobre su almohada, exhalé lento. Y entonces, como si el pasado esperara el momento más vulnerable para regresar, el teléfono sonó.
La pantall