La puerta seguía cerrada.
Yo seguía ardiendo.
Sentada en la cama, con los puños aún temblando de la rabia, miré a Nikolay de pie junto a la puerta, estático. Como si contenerse le costara más de lo que quería admitir.
Me levanté de un salto.
-¿No vas a decir nada? -le espeté-. ¿Ni una sola palabra después de lo que ha pasado ahí abajo?
Él no se movió.
-¿Qué quieres que diga?
-¡No lo sé! ¡Algo! ¿Te parezco una loca ahora? ¿Eso soy para ti?
Nikolay alzó la mirada, esa que usaba para intimidar a m