Me despierto con la sensación de haber dormido bajo agua. Todo es lento, espeso, confuso. El colchón bajo mi espalda todavía guarda el calor de la noche, y mis muñecas me duelen como si hubiera estado aferrándome a algo que ya no está.
No sé qué hora es, pero el silencio me resulta extraño.
Me incorporo, aún descalza, y camino hacia la puerta con los mechones alborotados cayendo sobre mi rostro. La abro, esperando ver a alguien al otro lado. Nada. Solo el pasillo, igual de silencioso, igual de