Mundo ficciónIniciar sesiónDante Moretti se quedó observando la escena un instante más, con esa mirada gélida que parecía capaz de desnudar cualquier mentira, y luego, sin decir una palabra más, se dio media vuelta y se alejó hacia la capilla, dejando tras de sí un silencio pesado como el plomo.
—Tenemos que hablar, Ahora... En privado —dijo Bruno, sujetando a Elena del brazo con más fuerza de la necesaria, arrastrándola hacia una pequeña casa de huéspedes apartada del jardín principal. —Suéltame —protestó Elena, zafándose de su agarre en cuanto cruzaron la puerta —Ya no tienes ningún derecho a tocarme, Bruno. Bruno cerró la puerta tras de sí y se pasó ambas manos por el rostro, como si tratara de despertar de una pesadilla. —¿Se puede saber qué pretendías con esa escenita delante de mi tío? —preguntó, con una voz que ya no sonaba nerviosa sino francamente furiosa —¿Tienes idea de lo que acabas de provocar? —¿Yo provoqué algo? —Elena soltó una risa incrédula —Bruno, tú eres el que decidió casarse con otra mujer sin decirme una sola palabra. Yo solo vine a decirte la verdad. —Pues escoges muy mal los momentos, Elena —espetó él, caminando de un lado a otro de la habitación como una fiera enjaulada —Mira, entiendo que estés dolida, de verdad lo entiendo, y quiero compensarte por esto. Puedo transferirte una cantidad generosa de dinero, lo suficiente para que empieces de nuevo en otra ciudad, lejos de aquí. Un apartamento nuevo, un trabajo mejor, lo que necesites. Pero necesito que desaparezcas de mi vida y que jamás vuelvas a acercarte a mi familia. Elena sintió que algo helado le recorría el pecho al escuchar aquella propuesta, tan fría, tan calculada, como si estuviera negociando la compra de un objeto incómodo. —¿Me estás ofreciendo dinero para que desaparezca? —preguntó, con la voz quebrándose por la incredulidad —Bruno, ¿escuchas lo que estás diciendo? —Te estoy ofreciendo una salida digna —replicó él, sin inmutarse —Créeme, es más de lo que la mayoría de las mujeres en tu posición podrían esperar. —Mi posición —repitió Elena, con amargura —¿Y cuál es exactamente mi posición, Bruno? ¿La de la amante despechada? ¿La de la asistente que se atrevió a enamorarse del jefe? Bruno no respondió de inmediato. Se sirvió un vaso de agua de una jarra que había sobre la mesa, bebió un sorbo, y luego clavó en ella una mirada que Elena jamás había visto antes, fría, calculadora, completamente ajena al hombre que decía haberla amado durante ocho meses. —Ya te lo dije, esto es complicado —dijo finalmente —Mi matrimonio con Camila asegura una fusión empresarial que mi tío lleva años negociando. Es demasiado importante como para arriesgarlo por un... —se detuvo, como si midiera cada palabra —por un desliz. —¿Un desliz? —Elena sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer delante de él —Bruno, te lo dije en la boda y te lo repito ahora, estoy embarazada. Voy a tener un hijo tuyo. Por un segundo, Elena esperó ver algún destello de sorpresa, de emoción, de humanidad en el rostro de Bruno. Pero lo único que encontró fue una calma inquietante, casi ensayada. —Elena, quiero que me escuches con mucha atención —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro frío —Ese embarazo no puede seguir adelante. No en estas circunstancias. Voy a conseguirte la mejor clínica privada, el mejor médico, total discreción. Nadie tiene por qué enterarse jamás de que esto sucedió. Elena retrocedió un paso, como si las palabras de Bruno la hubieran golpeado físicamente. —¿Me estás pidiendo que aborte a mi hijo? —Te estoy pidiendo que seas razonable —corrigió Bruno, con una frialdad que helaba la sangre —Un hijo ilegítimo en este momento sería un escándalo que ni tú ni yo podemos permitirnos. Tú perderías cualquier oportunidad de rehacer tu vida con normalidad, y yo perdería todo lo que he construido durante años. Piénsalo bien, Elena. Es lo mejor para los dos. —Lo mejor para ti, querrás decir —Elena sintió que la rabia le devolvía las fuerzas que el dolor le había arrebatado —Jamás. ¿Me oyes? Jamás voy a hacer algo así solamente para salvarte el pellejo, Bruno. Este hijo va a nacer, tenga tú el valor de reconocerlo o no. Bruno apretó la mandíbula, y por un instante, Elena creyó ver algo parecido al miedo cruzar su expresión. —Estás cometiendo un error muy grande —dijo él, con voz baja pero cargada de amenaza —No sabes con quién te estás metiendo, Elena. Mi familia tiene recursos, contactos, abogados capaces de hacerte la vida imposible si decides ir en contra de mis deseos. —¿Me estás amenazando? —Elena no pudo evitar que su voz temblara, aunque esta vez no era solo de tristeza, sino de una furia que crecía con cada segundo. —Te estoy advirtiendo —corrigió Bruno —Hay una gran diferencia. Elena se quedó mirándolo, tratando de reconocer en aquel hombre frío y calculador al mismo que le había susurrado promesas de amor entre las sábanas revueltas de tantos hoteles, y no encontró absolutamente nada. Era como mirar a un completo extraño. —Sabes qué es lo más triste de todo esto, Bruno —dijo finalmente, con una calma que la sorprendió incluso a ella misma —Que durante ocho meses creí que eras un hombre bueno atrapado en una situación complicada. Pero ahora me doy cuenta de que simplemente eres un cobarde que solo piensa en sí mismo. Se dio media vuelta, dispuesta a salir de aquella habitación y de la vida de Bruno para siempre, cuando su mirada se posó, casi por accidente, sobre un sobre que descansaba sobre el escritorio de la pequeña casa de huéspedes. Un sobre con el membrete de una clínica privada de la ciudad, la misma clínica donde ella había ido hacía apenas cinco días para confirmar su embarazo con un análisis de sangre. Elena se detuvo en seco, sintiendo que un frío mucho más profundo que cualquier otro le recorría el cuerpo entero. —¿Qué es esto? —preguntó, tomando el sobre con dedos temblorosos. Bruno palideció visiblemente al ver lo que ella sostenía en las manos, y por primera vez en toda la conversación, pareció quedarse sin palabras. —Elena, yo puedo explicarlo... Pero Elena ya había abierto el sobre, y al ver la fecha impresa en el informe médico —cinco días atrás, la misma fecha en que ella había recibido la confirmación de su embarazo en absoluta discreción — comprendió con una claridad devastadora que Bruno llevaba días sabiendo la verdad. —Tú ya lo sabías —susurró, alzando la vista hacia él con los ojos llenos de una traición nueva, distinta, más profunda que cualquier otra — Sabías que estaba embarazada desde antes de la boda. Lo sabías, y aun así decidiste casarte con Camila delante de todo el mundo.






