Mundo ficciónIniciar sesiónLas tres semanas habían pasado como una tormenta silenciosa. Elena no había llorado más, o al menos no delante de nadie, y había ocupado cada noche en decidir qué haría con la información que guardaba en su vientre y en su memoria. Cuando llegó el día de la boda, no dudó ni un segundo, se subió a un taxi, vestida de un rojo intenso que contrastaba con todo el blanco y el dorado que sin duda inundaría la finca Moretti, y pidió al conductor que la llevara hasta allí.
—Está segura, señorita? —preguntó el hombre, mirándola por el retrovisor —Esta dirección es la finca de los Moretti. Hoy hay una boda muy importante, no sé si... —Estoy segura —cortó Elena, con una firmeza que ni ella misma reconocía en su propia voz — Lléveme, por favor. La finca era exactamente como Bruno se la había descrito en tantas noches de confidencias, jardines interminables, una capilla de piedra blanca rodeada de rosales, y cientos de invitados vestidos con una elegancia que hacía parecer diminuto cualquier vestido que Elena hubiera imaginado usar algún día como novia. Caminó entre la gente con el corazón latiéndole en la garganta, ignorando las miradas de sorpresa y los murmullos que empezaban a levantarse a su paso. Entonces lo vio, Bruno estaba de pie junto al altar, vestido de un impecable traje gris, sonriendo con esa confianza arrogante que Elena había confundido durante meses con amor verdadero. A su lado, una mujer joven, de cabello oscuro y vestido de encaje francés, reía de algo que él le susurraba al oído. Camila Vasconcelos... La novia. Elena sintió que las piernas le flaqueaban, pero antes de que pudiera dar un paso más, una mano la sujetó del brazo con fuerza. —Elena, por Dios, ¿qué haces aquí? —era Sofía, con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par, vestida con un elegante traje azul marino que evidentemente había sido comprado para la ocasión. —¿Tú lo sabías? —Elena se soltó bruscamente del agarre de su amiga, mirándola con una mezcla de dolor e incredulidad —Sofía, dime la verdad. ¿Cuánto tiempo llevas sabiendo de esta boda? Sofía bajó la mirada un instante, y ese gesto fue suficiente respuesta. —No es el momento para esto, Elena. Por favor, vámonos de aquí antes de que... —¿Cuánto tiempo, Sofía? —insistió Elena, con la voz temblando de rabia contenida. —Meses —admitió finalmente Sofía, casi en un susurro —Lo supe desde hace meses. Bruno me pidió que no te dijera nada, que él se encargaría de hablar contigo a su manera y en su momento. Yo solo... yo solo intentaba protegerte. —¿Protegerme? —Elena soltó una risa amarga, sin humor alguno —Me dejaste creer que era la única. Me dejaste ilusionarme mientras tú sabías que él planeaba casarse con otra. Eso no es protección, Sofía. Eso es traición. El murmullo entre los invitados había crecido, y varias cabezas ya se giraban hacia la escena que se desarrollaba cerca de la entrada del jardín. Fue entonces cuando una tercera figura se acercó con paso rápido y rostro visiblemente alterado. —Elena —la voz de Bruno sonó baja pero cortante, tomándola del codo con firmeza para apartarla hacia un rincón alejado, detrás de un muro cubierto de enredaderas —¿Se puede saber qué demonios estás haciendo aquí? —¿Y tú me preguntas eso? —Elena se soltó de su agarre, encarándolo con una furia que llevaba semanas acumulando —Bruno, me pasé ocho meses de mi vida creyendo en tus promesas. Me dijiste que me amabas, que algún día estaríamos juntos frente a todo el mundo. ¡Y ahora te encuentro casándote con otra mujer como si yo nunca hubiera existido! —Baja la voz —siseó Bruno, mirando nerviosamente hacia los invitados más cercanos—Elena, esto es complicado, tú lo sabes. Mi matrimonio con Camila es un acuerdo entre familias, algo que se decidió hace años, mucho antes de que tú y yo... antes de lo nuestro. No tiene nada que ver con lo que sentí por ti. —¿Lo que sentiste? —repitió Elena, con la voz quebrada —¿Ya hablas en pasado? Bruno pasó una mano por su cabello, visiblemente incómodo, mirando el reloj como si el tiempo lo apremiara más que la mujer que tenía delante. —Elena, por favor, no hagas esto hoy. No aquí. Te lo pido como... como algo que alguna vez significó algo para mí. No causes un escándalo. Mi tío está aquí, los invitados son gente importante, periodistas de la prensa económica están cubriendo el evento. Si arruinas esto, no solo me perjudicas a mí, sino a toda la familia Moretti. Elena lo miró fijamente, sintiendo que algo dentro de ella terminaba de romperse para dar paso a algo distinto, algo más frío y decidido. —¿Eso es lo único que te importa? ¿Tu reputación, tu matrimonio conveniente, el buen nombre de tu familia? —Elena dio un paso hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de veneno —Bruno, estoy embarazada. El rostro de Bruno palideció visiblemente. Por un segundo, algo parecido al pánico cruzó sus ojos oscuros. —¿Qué... qué acabas de decir? —indagó incredulo Bruno. —Ya me escuchaste. Estoy embarazada de ti, Bruno. Y pensaba decírtelo esa noche, antes de que llegara esta preciosa invitación a mi puerta —respondió Elena. Bruno se quedó en silencio unos segundos que a Elena le parecieron eternos, calculando, pensando, con esa expresión fría que ella ya había aprendido a reconocer en los momentos de mayor presión en la oficina. —Escúchame bien —dijo finalmente, con una voz baja pero cargada de una advertencia que Elena jamás le había escuchado antes —Esto no puede saberse. No hoy, no así. Vamos a resolverlo, te lo prometo, pero no aquí, no en medio de mi boda. Vete a casa, Elena, por favor. Mañana hablamos con calma y decidimos qué hacer. —¿Decidimos? —Elena sintió que la sangre le hervía —No hay ningún "decidimos", Bruno. Este hijo es mío, y voy a tenerlo, con o sin ti. Fue en ese preciso instante, mientras Bruno abría la boca para responder algo más, que una sombra alta y silenciosa se detuvo a pocos metros de ellos, observándolos con una expresión indescifrable. Un hombre mayor, de porte imponente y mirada gélida, vestido con un traje oscuro impecable, que llevaba varios minutos escuchando la conversación sin que ninguno de los dos se hubiera percatado de su presencia. —Bruno —la voz profunda y serena del hombre cortó el aire como un cuchillo —Creo que le debes una presentación a esta señorita. Bruno se giró de golpe, y por primera vez esa tarde, Elena vio miedo genuino en sus ojos. —Tío Dante —murmuró Bruno, tragando saliva — No es lo que parece. Pero Dante Moretti no apartaba su mirada de Elena, estudiándola con una atención que la hizo sentir, por primera vez en meses, completamente desnuda ante otro par de ojos. —Siempre es exactamente lo que parece, sobrino —dijo Dante con calma helada —La pregunta es qué piensas hacer al respecto.






