Embarazada y casada con el enemigo de mi ex
Embarazada y casada con el enemigo de mi ex
Por: Valtheris
Capítulo 1 — La noticia

Elena Márquez llevaba diez minutos mirando la pequeña línea rosada en la prueba de embarazo, sentada en el borde de la bañera de su apartamento, cuando el timbre del teléfono la sobresaltó.

—Contesta, contesta —se dijo a sí misma, guardando el test en el bolsillo de su bata y respirando hondo para calmar el temblor de sus manos.

Era Sofía...

—¡Elena! ¿Dónde estás? Llevo llamándote toda la mañana —la voz de Sofía sonaba apresurada, casi nerviosa, aunque Elena no le dio importancia. Llevaba meses acostumbrada a que su mejor amiga viviera con el teléfono pegado a la oreja, siempre metida en algún drama de la oficina.

—Estoy en casa —respondió Elena, incapaz de contener la sonrisa que le nacía desde dentro — Sofía, tengo que contarte algo, algo increíble.

—¿Qué pasa? —Sofía bajó la voz, como si intuyera que se trataba de algo serio.

Elena cerró los ojos un segundo, saboreando el momento antes de decirlo en voz alta por primera vez a alguien más que a sí misma.

—Estoy embarazada —confesó, al otro lado de la línea se hizo un silencio extraño. Un silencio que duró demasiado.

—Sofía, ¿sigues ahí?

—Sí, sí, aquí estoy —la voz de su amiga sonó de pronto tensa, casi quebrada —Elena... ¿ya se lo dijiste a Bruno?

—Todavía no. Quiero decírselo esta noche, en persona. Llevamos meses escondiéndonos, Sofía, pero esto lo cambia todo. Un hijo no se puede esconder. Tendrá que hablar con su tío, tendrá que asumir lo nuestro de una vez.

Elena se levantó de la bañera y caminó hacia el dormitorio, donde ya tenía preparado el vestido azul que Bruno le había regalado en su último aniversario secreto. Ocho meses de una relación que vivía entre las sombras de la empresa Moretti, entre reuniones a puerta cerrada y mensajes borrados a toda prisa, iban a terminar esa misma noche.

—Elena, espera —la voz de Sofía sonó de pronto urgente, casi desesperada —Antes de que hagas nada... tienes que sentarte.

—¿Sentarme? ¿Por qué?

—Ha llegado algo a tu casa, un mensajero. Está ahí, en la puerta de tu edificio ahora mismo. Yo... yo lo vi porque pasé por tu calle de camino al trabajo.

Elena frunció el ceño, sin entender del todo lo que su amiga trataba de decirle.

—¿De qué hablas?

—Baja. Por favor, baja y mira lo que te han enviado. Yo... no puedo decírtelo por teléfono.

El corazón de Elena empezó a latir con una fuerza distinta, ya no de felicidad sino de un miedo que no sabía nombrar. Bajó las escaleras de su edificio casi corriendo, descalza, con la bata todavía puesta, y encontró al portero sosteniendo un sobre grueso, de color crema, con un sello dorado en relieve.

—Señorita Márquez, esto llegó para usted hace media hora —dijo el hombre, entregándole el sobre con cierta solemnidad, como si presintiera que contenía algo importante.

Elena le dio las gracias con voz temblorosa y volvió a subir, sin abrirlo todavía, apretándolo contra su pecho como si con eso pudiera adivinar su contenido antes de romper el lacre. Cuando por fin cerró la puerta de su apartamento, se sentó en el sofá y lo abrió con dedos torpes.

Era una invitación.

Una invitación de boda, impresa en papel grueso, con letras doradas y una caligrafía elegante que anunciaba la unión entre Bruno Moretti y Camila Vasconcelos, hija única del embajador Vasconcelos, en una ceremonia privada que se celebraría en tres semanas en la finca de la familia Moretti.

Elena sintió que el aire se le escapaba del cuerpo.

—No... no puede ser —susurró, releyendo el nombre una y otra vez, como si al hacerlo pudiera cambiar las letras impresas —Bruno Moretti y Camila Vasconcelos.

El teléfono volvió a sonar. Era Sofía de nuevo.

—Elena, ¿ya la viste? —preguntó, con una voz que ahora sonaba más a compasión fingida que a sorpresa genuina —Dime que estás bien.

—¿Tú lo sabías? —la voz de Elena salió quebrada, apenas un hilo —Sofía, dime la verdad. ¿Tú sabías que Bruno estaba comprometido?

Hubo una pausa demasiado larga.

—Yo... escuché rumores en la oficina hace unas semanas, pero no quise decirte nada hasta estar segura. No quería hacerte daño sin pruebas, Elena.

Elena cerró los ojos, sintiendo que el mundo entero se desmoronaba bajo sus pies. Ocho meses de promesas susurradas en la oscuridad de hoteles y oficinas vacías. Ocho meses de un hombre que le había jurado, una y mil veces, que ella era la única mujer que realmente le importaba, que la boda de conveniencia con la que su familia lo presionaba era solo un rumor sin fundamento, que algún día, cuando su tío ya no tuviera tanto control sobre el imperio Moretti, se casaría con ella, con Elena, la asistente sin apellido ilustre ni fortuna heredada.

Y ahora, en sus manos, tenía la prueba de que todo había sido mentira.

Se llevó la otra mano al vientre, todavía plano, todavía guardando un secreto que ya no sabía cómo ni a quién confesar.

—Elena, di algo, por favor —insistió Sofía al teléfono.

Pero Elena ya no la escuchaba. Su mirada estaba fija en una línea del pie de la invitación, una frase protocolaria que anunciaba quién oficiaría la ceremonia y quién entregaría los anillos como padrino de honor del novio.

«Con la bendición y presencia de su tío, don Dante Moretti, quien acompañará a la pareja en tan importante ceremonia.» Elena leyó el nombre una segunda vez, y una tercera, sintiendo que algo dentro de ella, algo frío, calculador, distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes, empezaba a despertar entre los restos de su corazón roto.

Si Bruno pensaba que podía casarse con otra mujer y dejarla a ella con un hijo y una vida destrozada, se equivocaba.

Y si su tío, el temido y poderoso Dante Moretti, iba a estar presente en esa boda...

Entonces Elena tenía tres semanas para decidir exactamente qué iba a hacer con la vida que llevaba dentro, y con el apellido Moretti que estaba a punto de cambiarlo todo.

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