Inicio / Romance / Embarazada y casada con el enemigo de mi ex / Capítulo 5 — Una propuesta desesperada
Capítulo 5 — Una propuesta desesperada

El jardín entero quedó suspendido en un silencio incrédulo tras las palabras de Dante. Elena sintió cientos de ojos clavados en ella, algunos con curiosidad morbosa, otros con un desprecio apenas disimulado, y por un instante no supo si echar a correr o quedarse a enfrentar lo que fuera que viniera después.

—¿Que venga con usted? —repitió Elena, con la voz todavía temblorosa, mirando a Dante sin comprender del todo el alcance de aquella orden—Con todo respeto, señor Moretti, usted no tiene ningún derecho a decidir qué hago yo con mi vida.

Algo parecido a una sombra de sorpresa cruzó el rostro de Dante ante la firmeza inesperada de aquella respuesta, pero se recompuso de inmediato.

—Tiene razón, señorita Márquez —concedió él, con una calma que no dejaba entrever ni una pizca de la autoridad feroz que había exhibido segundos antes frente a su sobrino —Le pido disculpas por mi tono. Solo pretendía ofrecerle protección ante lo que acaba de suceder aquí.

—¿Protección? —Bruno soltó una risa nerviosa, recuperando algo de su descaro ahora que Elena parecía menos favorecida por su tío —Tío Dante, no necesitas proteger a nadie de mí. Esta mujer es solo una empleada que se aprovechó de un momento de debilidad para intentar sacar ventaja.

—Cállate, Bruno —la voz de Elena salió cargada de un desprecio que ya no intentaba disimular —Ya humillaste suficiente mi dignidad hoy. No pienso permitir que sigas mintiendo delante de toda esta gente.

Camila, la novia, avanzó entonces entre la multitud con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas contenidas, y por primera vez, Elena sintió una punzada de auténtica lástima por aquella mujer que, evidentemente, también había sido engañada.

—¿Es verdad lo que dijiste? —preguntó Camila, dirigiéndose directamente a Elena, con una voz que temblaba de una dignidad herida que Elena reconocía perfectamente en sí misma —¿De verdad estás embarazada de mi... de Bruno?

—Sí —respondió Elena, sin apartar la mirada —Y lo siento mucho, de verdad. Tú no merecías esto. Ninguna de las dos lo merecíamos.

Camila se giró hacia Bruno con una expresión que combinaba a partes iguales furia y humillación.

—Nuestro matrimonio queda anulado en este mismo instante —declaró, quitándose el anillo de compromiso con dedos temblorosos y arrojándoselo a los pies —Mi familia se enterará de esto antes del anochecer, Bruno Moretti, y créeme que la fusión con tu empresa será la menor de tus preocupaciones.

Dicho esto, Camila se dio media vuelta y se alejó entre la multitud, seguida de cerca por su séquito de familiares visiblemente escandalizados, dejando a Bruno de pie en medio del jardín, completamente solo, sin novia y con su reputación reducida a escombros frente a cientos de testigos.

—¿Ven lo que has provocado? —Bruno se giró hacia Elena con el rostro desencajado por la furia—Has arruinado todo. ¡Todo!

—Yo no arruiné nada, Bruno —replicó Elena, con una calma helada que sorprendió incluso a ella misma —Tú arruinaste todo esto solo, el día que decidiste jugar con dos mujeres a la vez y pensar que ninguna se enteraría jamás.

Fue en ese momento, mientras Bruno abría la boca para replicar, que Elena sintió que algo dentro de ella se quebraba definitivamente, dando paso a una idea tan descabellada, tan impulsiva, que ni siquiera terminó de procesarla antes de pronunciarla en voz alta.

—¿Sabes qué, Bruno? —dijo, alzando la barbilla con una dignidad que nacía directamente de la desesperación —Ya que tanto te preocupa el buen nombre de la familia Moretti, y ya que tu tío parece tan interesado en proteger mi honor, entonces me casaré con él.

Un silencio absoluto, todavía más profundo que el anterior, cayó sobre el jardín entero.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Bruno, con la voz cargada de una incredulidad que rayaba en lo cómico.

—Me casaré con tu tío —repitió Elena, sintiendo que las palabras le quemaban la garganta al salir, pero incapaz de detenerse ahora que había comenzado —Así este hijo llevará el apellido Moretti de todos modos, solo que del hombre correcto de la familia. El único que hasta ahora ha demostrado tener algo de decencia.

Varias risas nerviosas se alzaron entre los invitados más cercanos, como si aquello fuera una broma de mal gusto, un último intento desesperado de Elena por salvar algo de su dignidad destrozada.

—Esta mujer está completamente loca —dijo Bruno, mirando a su alrededor buscando apoyo entre los presentes —Tío, no le sigas el juego, es evidente que está fuera de sí por la humillación.

Pero Dante Moretti no se reía. Se había quedado observando a Elena con una intensidad renovada, con una expresión que ya no era de sorpresa ni de compasión, sino algo mucho más calculador, mucho más peligroso.

—¿Habla en serio, señorita Márquez? —preguntó él finalmente, con una voz baja que solo ella pudo escuchar con claridad, aunque el jardín entero pareció contener la respiración esperando su respuesta.

Elena sintió que el corazón le latía desbocado, consciente de que estaba a punto de cruzar un umbral del que quizás jamás podría regresar. Pero al mirar a Bruno, al ver su expresión de burla apenas disimulada, algo se endureció definitivamente en su interior.

—Completamente en serio —respondió, sosteniéndole la mirada a Dante sin titubear — Necesito un apellido para mi hijo, señor Moretti, y protección para los dos. Usted parece ser el único hombre en esta familia capaz de ofrecer ambas cosas sin pedir nada indecoroso a cambio. Cásese conmigo, y yo le daré exactamente lo que necesite de vuelta, una esposa presentable, una madre para el heredero que su sobrino fue incapaz de reconocer, y ninguna clase de complicación sentimental.

—Esto es ridículo —masculló Bruno, aunque su voz ya no sonaba tan segura como antes — Tío, por favor, dile que esto es absurdo.

Dante permaneció en silencio varios segundos, estudiando a Elena de arriba abajo con una atención que ella sintió en cada centímetro de su piel, como si estuviera calculando algo mucho más profundo que una simple respuesta a una propuesta impulsiva nacida de la desesperación.

—Acepto —dijo finalmente Dante Moretti, con una voz tan serena y decidida que no dejaba lugar a ninguna duda de que hablaba completamente en serio.

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