Capítulo 7 — Las condiciones

Elena dejó el contrato sobre el escritorio, todavía sintiendo el peso de las últimas páginas que acababa de leer, y se tomó unos segundos antes de volver a hablar, tratando de ordenar la avalancha de pensamientos que se agolpaban en su mente.

—Antes de firmar nada —dijo finalmente, alzando la vista hacia Dante con una determinación que le sorprendió incluso a ella misma —creo que ambos deberíamos dejar muy claras algunas condiciones. Si vamos a hacer esto, señor Moretti, quiero que sea sobre bases honestas desde el primer día.

Dante enarcó una ceja, con una expresión que Elena no supo si interpretar como sorpresa o como una especie de aprobación silenciosa.

—Me parece razonable —concedió él, entrelazando los dedos sobre el escritorio —De hecho, yo mismo tenía pensado exponerle ciertas reglas antes de que firmáramos nada. Permítame empezar yo, si no le importa.

Elena asintió, cruzando las manos sobre su regazo, preparándose mentalmente para lo que fuera que Dante estuviera a punto de exigirle.

—Primera regla —comenzó Dante, con la voz firme y pausada de quien está acostumbrado a dictar términos sin esperar objeciones —jamás nos mentiremos el uno al otro. Puede haber muchas cosas entre nosotros, señorita Márquez, pero no toleraré ni una sola mentira, por pequeña que sea. Si hay algo que no desea contarme, simplemente dígamelo, y yo respetaré su silencio. Pero jamás me mienta directamente.

—Me parece justo —respondió Elena —Y le prometo lo mismo a cambio: nunca le mentiré, señor Moretti.

—Segunda regla —continuó Dante —no involucraremos sentimientos en este matrimonio. Este es un acuerdo práctico, señorita Márquez, diseñado para proteger a su hijo y para darle a usted la estabilidad que merece después de lo vivido con mi sobrino. No quiero que ninguno de los dos confunda la convivencia o la cercanía que sin duda tendremos con algo distinto a lo que realmente es.

Elena sintió una punzada extraña ante aquellas palabras, aunque no supo bien identificar de dónde provenía exactamente aquella incomodidad.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo, quizás con demasiada rapidez —Después de lo que viví con Bruno, señor Moretti, le aseguro que soy la última persona en este mundo dispuesta a involucrar sentimientos en un matrimonio.

Una sombra de algo parecido a la satisfacción cruzó brevemente el rostro de Dante ante aquella respuesta, aunque desapareció tan rápido que Elena no pudo estar completamente segura de haberla visto.

—Tercera regla —prosiguió él —mantendremos siempre la imagen de un matrimonio funcional ante el público y ante mi familia. No importa lo que suceda en privado entre nosotros, señorita Márquez, pero frente a la prensa, frente a los socios de la empresa, y frente a cualquier miembro de mi familia, usted y yo actuaremos como una pareja unida y respetuosa. Nuestra credibilidad, y la protección legal que le estoy ofreciendo a usted y a su hijo, dependen enteramente de que este matrimonio sea percibido como legítimo.

—Entiendo perfectamente —asintió Elena —No haré nada que ponga en ridículo su nombre, señor Moretti. Se lo prometo.

—Y por último —añadió Dante, con una voz que se endureció ligeramente —jamás nos traicionaremos públicamente el uno al otro. Sea lo que sea que suceda en privado, cualquier desacuerdo, cualquier conflicto, se resolverá entre nosotros, a puerta cerrada. Nunca permitiré que alguien de mi familia, y mucho menos mi sobrino, presencie una fisura en este matrimonio que pueda usar en nuestra contra.

Elena asintió lentamente, sintiendo el peso real de todas aquellas condiciones, pero también una extraña sensación de seguridad al escuchar reglas tan claras y tan razonables, tan distintas de la ambigüedad constante en la que había vivido durante sus meses de relación secreta con Bruno.

—Acepto todas sus condiciones, señor Moretti —dijo finalmente —Pero si vamos a hacer esto, yo también tengo algunas reglas que me gustaría imponer.

Dante se recostó en su asiento, con una expresión que denotaba un interés genuino, casi curioso.

—La escucho, señorita Márquez.

—Primera regla —comenzó Elena, imitando deliberadamente el tono formal que él había usado momentos antes —usted jamás intentará controlar mis decisiones respecto a mi hijo. Puede tener todos los derechos legales que ese contrato le otorga, pero las decisiones sobre su crianza, su educación, su vida cotidiana, serán siempre mías en primer lugar. Usted podrá opinar, por supuesto, pero la última palabra la tendré yo.

—Aceptado —respondió Dante, sin dudarlo ni un segundo, lo cual sorprendió gratamente a Elena.

—Segunda regla —continuó ella, envalentonada —no pienso renunciar a mi trabajo ni a mi independencia. Sé que este matrimonio me otorga una estabilidad económica considerable, pero necesito conservar algo mío, señor Moretti. Algo que me pertenezca completamente a mí, sin depender de usted ni de su fortuna.

Dante la observó un largo instante, con una expresión pensativa que Elena no supo interpretar del todo.

—¿Qué clase de trabajo tenía en mente, señorita Márquez? —preguntó finalmente —Imagino que continuar en la empresa donde trabajaba junto a mi sobrino quedaría descartado, dadas las circunstancias.

—Por supuesto —confirmó Elena —Pero tengo estudios en administración de empresas, y siempre soñé con desarrollar algo propio. No le pido que financie ningún proyecto mío, señor Moretti, solamente que respete mi derecho a intentarlo por mi cuenta, sin que usted se entrometa.

—Tendrá todo mi apoyo si decide emprender algo propio —respondió Dante, para sorpresa de Elena—De hecho, insistiré en ello. Continúe, por favor.

—Y por último —dijo Elena, respirando hondo antes de pronunciar la condición que más le costaba expresar en voz alta —quiero que usted me trate con respeto, señor Moretti. No me importa que este matrimonio sea un acuerdo práctico sin sentimientos de por medio, pero después de la humillación que viví con Bruno, necesito saber que al menos en este hogar, seré tratada con dignidad todos los días, sin excepción.

El rostro de Dante se suavizó de una manera que Elena no había presenciado hasta ese momento, y por primera vez desde que se habían conocido esa misma tarde, algo parecido a una calidez genuina brilló en sus ojos oscuros.

—Señorita Márquez —dijo él, con una voz mucho más baja y sincera de lo habitual —le prometo que jamás tendrá que preguntarse si la trato con el respeto que merece. Eso, por encima de cualquier cláusula legal, se lo garantizo personalmente.

Elena sintió que algo en su pecho se aflojaba ligeramente ante aquellas palabras, aunque se apresuró a apartar cualquier sentimiento que pudiera estar naciendo de aquella promesa, recordando la segunda regla que ambos acababan de acordar apenas unos minutos antes.

—Entonces, señor Moretti —dijo, tomando la pluma que descansaba junto al contrato sobre el escritorio —creo que estamos listos para firmar.

—Llámame Dante —dijo él, observándola con una intensidad renovada mientras ella acercaba la pluma al papel —Si vamos a ser esposos, señorita Márquez, creo que ya es hora de dejar atrás tanta formalidad.

Elena alzó la vista hacia él, sintiendo el peso de aquel nombre en su boca por primera vez.

—Entonces llámame Elena —respondió, firmando finalmente su nombre al pie del contrato — Después de todo, Dante, a partir de esta semana seré tu esposa.

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