Capítulo 6 — El acuerdo

El jardín seguía sumido en un silencio estupefacto cuando Dante Moretti, sin añadir una sola palabra más a su respuesta, extendió una mano hacia Elena.

—Venga conmigo, señorita Márquez. Creo que esta conversación merece continuarse en privado, lejos de tantos oídos curiosos.

Elena dudó un instante, sintiendo aún el peso de cientos de miradas clavadas en su espalda, pero finalmente aceptó la mano que le ofrecían y dejó que Dante la guiara fuera del jardín, hacia el interior de la mansión principal de la finca. Bruno intentó seguirlos, protestando algo sobre la locura de todo aquello, pero un simple gesto de la mano de Dante bastó para que dos hombres de seguridad le cerraran el paso sin miramientos.

—Debe pensar que estoy completamente loca —dijo Elena, una vez que se encontraron a solas en un despacho amplio, forrado de estanterías con libros encuadernados en cuero, mientras Dante cerraba la puerta tras de sí —Lo que dije allá afuera fue un impulso, señor Moretti. No esperaba que usted realmente...

—Siéntese, por favor —la interrumpió Dante, señalando uno de los sillones de cuero frente al escritorio, con una calma que contrastaba enormemente con el caos que Elena todavía sentía retumbar en su pecho.

Elena obedeció, observando cómo Dante rodeaba el escritorio y abría uno de los cajones inferiores, del cual extrajo una carpeta de cuero oscuro que dejó cuidadosamente sobre la mesa, justo frente a ella.

—Esto va a arrepentirse en cuanto lo piense con calma —dijo Elena, casi como si necesitara advertirle a él antes de que fuera demasiado tarde —Usted no me conoce de nada, señor Moretti. No tiene por qué cargar con las consecuencias de los errores de su sobrino.

—Permítame hacerle una pregunta, señorita Márquez —dijo Dante, ignorando por completo su comentario, sentándose frente a ella con las manos entrelazadas sobre el escritorio — ¿Realmente cree que yo actúo por impulso, o por lástima?

Elena parpadeó, desconcertada por la pregunta.

—No... no lo sé. Supongo que no.

—Correcto —confirmó Dante, con una media sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos —Yo no hago nada sin haberlo calculado de antemano. Y esta carpeta que tiene frente a usted es la prueba de que su propuesta, por impulsiva que haya sido de su parte, encaja perfectamente con ciertos planes que yo llevaba tiempo considerando.

Elena tomó la carpeta con manos algo temblorosas y la abrió sobre su regazo. En su interior encontró varias hojas de papel grueso, redactadas con un lenguaje legal denso, encabezadas por un título que la dejó sin aliento: Contrato de Matrimonio entre Dante Moretti y Elena Márquez.

—¿Ya tenía esto preparado? —preguntó, alzando la vista hacia él con auténtica sorpresa —Señor Moretti, yo apenas propuse esto hace diez minutos.

—Mis abogados trabajan con una rapidez notable cuando yo se lo exijo —respondió Dante, sin dar más explicaciones sobre cómo había sido posible aquello —Pero le aseguro que cada cláusula de ese documento ha sido pensada con el mayor cuidado posible, considerando su situación particular.

Elena comenzó a leer, y a medida que avanzaba por las páginas, su sorpresa fue transformándose en algo mucho más profundo y complicado de nombrar.

—Aquí dice que usted se compromete a reconocer legalmente a mi hijo como suyo, otorgándole el apellido Moretti con plenos derechos de herencia —leyó en voz alta, casi sin poder creerlo —Y también... ¿esto es un fideicomiso a mi nombre?

—Así es —confirmó Dante —Independientemente de lo que suceda entre nosotros en el futuro, usted y su hijo estarán protegidos financieramente de por vida. Ninguna disputa, ningún divorcio futuro, ninguna decisión mía podrá alterar esa protección.

—¿Por qué haría usted esto? —preguntó Elena, incapaz de ocultar la desconfianza que aún la embargaba —Señor Moretti, usted no me debe nada. Yo ni siquiera soy nadie en su mundo, solamente la mujer que su sobrino usó y desechó.

Dante se recostó en su asiento, observándola con una expresión pensativa que Elena no supo interpretar del todo.

—Digamos que tengo mis propias razones para querer ver a mi sobrino recibir una lección que lleva demasiado tiempo posponiendo —dijo finalmente —Bruno ha crecido creyendo que puede jugar con las personas como si fueran piezas desechables, y en gran parte, la culpa de eso recae sobre mi hermano y sobre mí, por haberle permitido crecer sin consecuencias reales durante demasiados años.

—¿Entonces yo solo soy parte de una lección que quiere darle a su sobrino? —preguntó Elena, sintiendo una punzada de indignación ante la idea de ser utilizada, aunque fuera para un propósito distinto al de Bruno.

—No exactamente —corrigió Dante, con una calma que no dejaba traslucir del todo sus verdaderas intenciones —Digamos que las circunstancias han alineado mis intereses con los suyos de una manera bastante conveniente. Usted necesita protección y un apellido para su hijo. Yo necesito, por razones que no vienen al caso ahora mismo, una esposa que no complique innecesariamente mi vida con exigencias sentimentales. Este acuerdo nos beneficia a ambos.

Elena continuó leyendo el contrato, encontrando cláusula tras cláusula que hablaba de habitaciones separadas, de total libertad personal dentro de ciertos límites de discreción pública, de una mensualidad generosa destinada exclusivamente a ella, y de una cláusula final que la hizo detenerse por completo.

—Aquí dice que si en algún momento decido poner fin a este matrimonio, conservaré la custodia total de mi hijo, y usted no ejercerá ningún derecho de oposición —leyó, alzando la vista hacia él con auténtico desconcierto —Señor Moretti, esto lo deja a usted en una posición tremendamente desventajosa. Cualquier abogado le aconsejaría no firmar algo así.

—Quizás —concedió Dante, con una expresión indescifrable —Pero yo no busco atarla a usted contra su voluntad, señorita Márquez. Busco ofrecerle una salida digna a una situación indigna que mi propia familia le provocó. Si en algún momento este arreglo deja de convenirle, quiero que sepa, desde el primer día, que tiene la libertad de marcharse sin perder lo más importante para usted.

Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas inesperadas, no de tristeza esta vez, sino de un alivio tan profundo que casi dolía físicamente. Después de la humillación pública, después de las amenazas de Bruno, después de la traición de Sofía, aquel hombre frío y temido por toda la familia le estaba ofreciendo, sin pedir prácticamente nada a cambio, la única red de seguridad real que había encontrado en semanas.

—¿Por qué es usted tan generoso conmigo, señor Moretti? —preguntó, con la voz quebrada —De verdad no lo entiendo.

Dante guardó silencio un largo momento, y por primera vez desde que se habían conocido, Elena creyó ver algo genuinamente humano cruzar aquellos ojos oscuros y calculadores.

—Quizás simplemente creo que usted y su hijo merecen algo mejor de lo que esta familia les ha ofrecido hasta ahora —dijo finalmente —Fírmelo si está de acuerdo, señorita Márquez. La boda puede celebrarse esta misma semana, si así lo desea.

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