Mundo ficciónIniciar sesión—Contéstame, Bruno —exigió Elena, con el sobre todavía apretado entre los dedos, temblando de una furia que ya no podía contener —¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?
—Elena, baja la voz, por favor —Bruno intentó acercarse a ella, con las manos extendidas en un gesto conciliador que a Elena ya no le producía ningún efecto. —No pienso bajar la voz —replicó ella, retrocediendo hacia la puerta —Llevas días sabiendo que voy a tener un hijo tuyo, y aun así te casaste hoy con Camila como si yo no existiera. Como si este bebé no existiera. Salió de la casa de huéspedes casi corriendo, con Bruno pisándole los talones, y regresó directamente al jardín principal, donde la ceremonia ya había terminado y los invitados comenzaban a circular entre las mesas dispuestas para el banquete, copas de champán en mano, risas elegantes flotando en el aire cálido de la tarde. —¡Todos ustedes deberían saber la clase de hombre con el que Camila acaba de casarse! —la voz de Elena resonó por encima de la música suave que tocaba el cuarteto de cuerdas, atrayendo de inmediato decenas de miradas sorprendidas. —Elena, por Dios, cállate —siseó Bruno, sujetándola del brazo, pero ella se soltó con violencia. —¡Bruno Moretti sabía que yo estaba embarazada de él desde hace días, y aun así decidió seguir adelante con esta boda! —continuó Elena, sintiendo que las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas, pero sin importarle ya quién la viera llorar —¡Me pidió que abortara! ¡Me ofreció dinero para que desapareciera! Un murmullo escandalizado recorrió a los invitados más cercanos. Algunas mujeres se llevaron la mano al pecho, algunos hombres intercambiaron miradas incómodas, y en algún punto entre la multitud, Elena distinguió el rostro pálido de Camila, la novia, mirándola con una mezcla de horror y confusión que casi le dio lástima. —¡Esto es una locura, esta mujer está mintiendo! —exclamó Bruno, tratando de recuperar el control de la situación —Seguridad, por favor, acompañen a la señorita a la salida. Dos hombres uniformados se acercaron de inmediato, dispuestos a cumplir la orden, y Elena sintió que el pánico le subía por la garganta al verse rodeada, señalada, expuesta ante cientos de desconocidos que la miraban como si fuera un espectáculo de circo. —Suéltenme —protestó, forcejeando contra el agarre firme de uno de los guardias —¡No he hecho nada malo! ¡El único que debería estar avergonzado aquí es él! —Ya escuchaste a Bruno —dijo Sofía, apareciendo de pronto entre la multitud con expresión angustiada, aunque Elena ya no sabía si su angustia era genuina o simplemente el miedo a quedar involucrada en el escándalo —Elena, por favor, vámonos antes de que esto empeore. Fue entonces cuando una voz profunda, serena pero cargada de una autoridad que parecía cortar el aire mismo, se alzó por encima del bullicio. —Suéltenla... Todo el jardín pareció congelarse de inmediato. Los dos guardias de seguridad soltaron a Elena al instante, como si hubieran recibido una descarga eléctrica, y dieron un paso atrás con la cabeza ligeramente inclinada. Los murmullos cesaron por completo. Incluso el cuarteto de cuerdas, que había continuado tocando una melodía suave durante todo el altercado, se detuvo abruptamente. Dante Moretti avanzaba entre la multitud con paso lento y calculado, y a su paso, los invitados se apartaban como si temieran que un simple roce con él pudiera acarrearles alguna clase de desgracia. Elena observó, casi hipnotizada, cómo incluso los hombres más poderosos de la sala, empresarios que sin duda estaban acostumbrados a mandar y no a obedecer, bajaban la mirada al cruzarse con la de Dante. —Tío Dante —la voz de Bruno sonó de pronto un tono más aguda, casi infantil —esto es solo un malentendido, te lo puedo explicar... —No me interesan tus explicaciones ahora mismo —cortó Dante, sin siquiera mirar a su sobrino, con los ojos fijos en Elena, estudiándola con una intensidad que la hizo sentir completamente desnuda —Me interesa lo que esta señorita tiene que decir. —Dante, por favor —intervino un hombre mayor, elegantemente vestido, que Elena reconoció vagamente de las fotografías corporativas de la empresa Moretti, el padre de Bruno, hermano de Dante —Es la boda de mi hijo, no podemos permitir que una desconocida arruine... —Cállate, Alberto —dijo Dante, sin levantar apenas la voz, pero con una frialdad tan cortante que el hombre cerró la boca de inmediato, pálido —Tú sabías de esto, ¿verdad? Sabías que tu hijo tenía una amante embarazada y decidiste seguir adelante con esta farsa de todos modos. Alberto Moretti no respondió, y su silencio fue respuesta suficiente para todos los presentes. Dante se giró finalmente hacia Elena, y por primera vez desde que había llegado a la finca, ella sintió que alguien la miraba no con juicio ni con lástima, sino con una especie de curiosidad genuina, casi respetuosa. —Dígame su nombre —pidió Dante, con una voz mucho más suave de la que había usado con su hermano y con su sobrino. —Elena, Elena Márquez —respondió ella, todavía temblando, pero sosteniéndole la mirada con una dignidad que le sorprendió a ella misma poder reunir en aquel momento. —Señorita Márquez, lamento profundamente lo que acaba de vivir en mi presencia —dijo Dante, con una formalidad que contrastaba fuertemente con la crudeza de la situación —Le prometo que esto no quedará impune. —¡Tío Dante, no puedes creerle a esta mujer solamente porque monta un escándalo en mi boda! —protestó Bruno, recuperando algo de su antigua arrogancia ahora que su tío parecía, al menos superficialmente, dispuesto a escuchar ambas versiones —¡Es una empleada resentida que quiere sacarme dinero! Dante se giró lentamente hacia su sobrino, y la temperatura del ambiente pareció descender varios grados con aquel simple gesto. —¿Resentida? —repitió Dante, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito —Bruno, tengo en mi poder el informe médico que la señorita Márquez sostiene en sus manos. Un informe con fecha de hace cinco días, procedente de una clínica cuyos honorarios, según mis abogados me informaron esta misma mañana, fueron pagados directamente desde una de tus cuentas personales. Un silencio absoluto cayó sobre el jardín entero. Bruno palideció como si acabara de ver un fantasma. —Tío, yo... —Silencio —ordenó Dante, sin alzar la voz, y sin embargo, Bruno cerró la boca de inmediato, como un niño reprendido —Ya hablaremos tú y yo en privado sobre las implicaciones de tus decisiones, sobrino. Por ahora, quiero que todos los presentes entiendan algo con total claridad. Dante se giró hacia la multitud, con la misma autoridad serena e implacable que había demostrado desde su llegada. —Esta boda ha terminado —anunció, sin dejar espacio para réplicas —Y la señorita Márquez vendrá conmigo. Elena sintió que el corazón le daba un vuelco al escuchar aquellas palabras, sin saber todavía si debía sentir alivio o un miedo completamente nuevo ante la idea de quedar bajo la protección, o quizás bajo el control, del hombre más temido de toda la familia Moretti.






