El aire del ático de lujo olía a vodka de grano fino, cuero caro y la ceniza de un puro recién apagado. Era casi medianoche, y la ciudad se extendía ante las ventanas blindadas, una alfombra de luces indiferentes al caos que se estaba gestando.
Konstantin Volkov. El Ruso, no estaba durmiendo. Estaba de pie junto a su mesa de mapas, un hombre corpulento con la cabeza rapada y ojos fríos como el hielo de Siberia. Vestía una bata de seda negra sobre su cuerpo tenso.
El primer informe llegó a travé