Los meses siguientes se deslizaron sobre la hacienda como la caricia suave del viento en el desierto al amanecer. El tiempo, antes un enemigo implacable, se había convertido en un aliado que consolidaba la mentira total y la nueva verdad.
Alejandro Cruz no era un fantasma. Era una entidad real, con un historial bancario impoluto y un séquito de socios de negocios que le seguían con la lealtad de apóstoles. Logística del Pacífico crecía de manera exponencial, anclada en inversiones inteligentes y una reputación de discreción y éxito fulminante. Miguel y Diego, ahora, se habían transformado con una convicción sorprendente. Diego, el ex-gorila, se sentía visiblemente más cómodo debatiendo el rendimiento de un portafolio de bienes raíces que desarmando un explosivo. Miguel, con su sonrisa fácil, se movía entre la alta sociedad empresarial con una gracia natural. Eran el músculo cerebral de la corporación.
Leonardo, el pequeño Cruz, ya gateaba a toda velocidad por los salones coloniales, y