Los meses siguientes se deslizaron sobre la hacienda como la caricia suave del viento en el desierto al amanecer. El tiempo, antes un enemigo implacable, se había convertido en un aliado que consolidaba la mentira total y la nueva verdad.
Alejandro Cruz no era un fantasma. Era una entidad real, con un historial bancario impoluto y un séquito de socios de negocios que le seguían con la lealtad de apóstoles. Logística del Pacífico crecía de manera exponencial, anclada en inversiones inteligentes