La aeronave aterrizó suavemente en la pista de tierra batida a las afueras de la hacienda. Era un atardecer ardiente y dorado de la planicie central mexicana, un contraste vibrante con la fría y silenciosa noche alpina de dos meses atrás. Abel, impecable como siempre, esperaba al pie de la escalera.
Enzo, ahora Alejandro Cruz, bajó del avión. Vestía un traje de lino ligero color crema, una camisa abierta y sus nuevos ojos verdes captaban la luz de forma inesperada. A su lado, Diego y Miguel, en su nueva piel de ejecutivos elegantes, parecían dos profesionales de alto nivel, serios y bien pagados.
—Bienvenido a casa, Jefe. —Abel se adelantó, extendiendo una mano firme, pero su mirada revelaba una profunda emoción.
—Abel. —Alejandro le estrechó la mano con una calidez genuina—. Lo has hecho perfecto. ¿Cómo está mi familia?
—Están aquí, esperándote. Instalados. Seguros. —Abel sonrió—. La señora Julieta, no ha dejado de mirar el camino.
El corazón de Alejandro dio un vuelco. Se había conv