La aeronave aterrizó suavemente en la pista de tierra batida a las afueras de la hacienda. Era un atardecer ardiente y dorado de la planicie central mexicana, un contraste vibrante con la fría y silenciosa noche alpina de dos meses atrás. Abel, impecable como siempre, esperaba al pie de la escalera.
Enzo, ahora Alejandro Cruz, bajó del avión. Vestía un traje de lino ligero color crema, una camisa abierta y sus nuevos ojos verdes captaban la luz de forma inesperada. A su lado, Diego y Miguel, en