La verdad era que dieciocho días se habían convertido en dos meses. No quince. No un par de semanas. Dos meses completos de silencio médico, dolor sordo y el peso sofocante de la soledad. La cabaña, con su urgencia militar, había sido reemplazada por la esterilidad de una clínica de cirugía plástica de alto secreto en Mónaco. No era un hospital; era una fortaleza de la invisibilidad, atendida por un equipo tan discreto como competente, bajo la dirección del viejo contacto de Enzo, un cirujano c