La verdad era que dieciocho días se habían convertido en dos meses. No quince. No un par de semanas. Dos meses completos de silencio médico, dolor sordo y el peso sofocante de la soledad. La cabaña, con su urgencia militar, había sido reemplazada por la esterilidad de una clínica de cirugía plástica de alto secreto en Mónaco. No era un hospital; era una fortaleza de la invisibilidad, atendida por un equipo tan discreto como competente, bajo la dirección del viejo contacto de Enzo, un cirujano con las manos de un artista y la ética de un ladrón de bancos.
Enzo se miró en el espejo, y el hombre que lo miraba era un extraño.
El vendaje se había ido por fin, revelando un rostro desinflamado y tenso. No solo se habían borrado los restos de la cicatriz de la refriega y la tensión crónica de años de estrés, sino que el cirujano había ejecutado una reconstrucción facial completa. Los pómulos habían sido sutilmente realzados, la línea de la mandíbula, suavizada, y un injerto capilar estratégic