El reloj marcaba las tres de la mañana y el Ruso seguía de pie. Llevaba treinta y seis horas sin probar un sueño real, alimentado únicamente por café amargo, la nicotina de un pitillo tras otro, y una rabia fría que le atenazaba el estómago.
Desde que recibió la noticia del golpe en el Club —la primera humillación, la fuga limpia de Enzo Bianchi—, el Ruso había convertido su oficina en el cuartel general de una cacería implacable. Se había tragado su orgullo y había desplegado hasta al último h