La cabaña, que había servido como sala de guerra y refugio forzoso, se sentía ahora como una sala de despedidas. Afuera, la noche alpina era oscura y silenciosa, pero dentro, la actividad bullía con una precisión casi militar. La liquidación con El Emir estaba cerrada; los fondos, en movimiento. Lo único que quedaba era desmantelar la última pieza del pasado: sus identidades.
Enzo estaba frente a un mapa, pero esta vez, no era un mapa de rutas de contrabando, sino uno que trazaba los movimiento