La cabaña, que había servido como sala de guerra y refugio forzoso, se sentía ahora como una sala de despedidas. Afuera, la noche alpina era oscura y silenciosa, pero dentro, la actividad bullía con una precisión casi militar. La liquidación con El Emir estaba cerrada; los fondos, en movimiento. Lo único que quedaba era desmantelar la última pieza del pasado: sus identidades.
Enzo estaba frente a un mapa, pero esta vez, no era un mapa de rutas de contrabando, sino uno que trazaba los movimientos seguros de su familia. Franco y Vittorio estaban a su lado, sus rostros tensos por la inminencia de la metamorfosis, mientras Abel ultimaba los preparativos logísticos en su portátil.
—Escuchenme bien, —dijo Enzo, su voz firme y desprovista de la antigua arrogancia del capo—. La fase uno está terminada. El capital está a salvo. La fase dos es la invisibilidad absoluta.
Señaló el mapa, donde la Ciudad de México y una hacienda discreta a las afueras de Bogotá brillaban como faros.
—Abel, te adel