Enzo y Franco se encontraban en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad portuaria, un lugar olvidado, lleno de telarañas y la humedad del mar. La única luz venía de un par de linternas tácticas y la pantalla brillante de un laptop en una mesa de trabajo improvisada.
Enzo ya no llevaba el traje. Vestía ropa de combate oscura, botas pesadas y guantes de cuero. La máscara negra cubría su rostro desfigurado, pero ahora no era un disfraz; era el uniforme de un guerrero. Se movía con la pre