Ocho años se habían deslizado en la hacienda. Las estaciones mexicanas habían pasado con su ritmo predecible de sequía y lluvia, y cada ciclo era una capa más de tierra sobre la tumba del pasado. La mentira era tan vieja y profunda que ya no era una mentira. Era la historia de la familia Cruz.
La luz de la tarde de un sábado de finales de octubre se filtraba a través de los cristales del gran salón, llenando el espacio con un color ámbar. La sala no tenía el boato frío de un castillo, sino la calidez de un hogar de verdad. Había cojines por todas partes, libros apilados y, en un rincón, un piano de cola cubierto de partituras.
Enzo, el ahora innegable Alejandro Cruz, se reía a carcajadas. No era una risa forzada o una maniobra de distracción, sino un sonido limpio que venía de la panza. Estaba sentado en un sofá de cuero con su hijo, Leonardo, de nueve años, acurrucado bajo su brazo. Leo era la imagen de su padre, del propio Enzo. Estaban inmersos en un juego de ajedrez, aunque el niñ