Bianca
Abrí la puerta de mi apartamento y, como siempre, fui recibida por mi compañera más leal: Mimi, mi gata. Esa bolita de pelos color blanco me miró con sus ojos inquisitivos y movió la cola, claramente exigiendo su ración de comida.
—Tranquila, princesa. No me mires como si no supieras quién paga el alquiler aquí. —Mi gata bajo la cabeza y se acercó para acariciarme.
Fui directo a la cocina, saqué su platito y le serví un poco de leche. Hoy estaba generosa, así que decidí añadir un pedacit