Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia ha aprendido a vivir con lo poco que tiene: un trabajo que no le gusta, un hijo que adora y la constante sensación de estar atrapada en una vida que no eligió. Pero todo cambia cuando se muda al 4A, un apartamento que, aunque pequeño, promete ser el comienzo de algo nuevo. Pronto, su vida se cruza con la de su vecino del 4B, un hombre de tatuajes y misterios, cuya vida nocturna promete romperle la rutina a Anastasia.
Leer másANASTASIAEl jardín trasero de la casa de Lou y Marko está transformado en un caos de colores, globos y risas infantiles. Hay una mesa larga cubierta con un mantel de unicornios, llena de dulces con glaseado rosa, bandejas de sándwiches con formas de estrellitas y un castillo hinchable que rebota con una docena de niños gritando. Margot cumple cinco años hoy, un año menos que Lily, pero cualquiera diría que son gemelas por cómo se entienden. Las dos se llaman “primas” aunque no compartan sangre, y se quieren como si fueran hermanas.—¿Cuántos putos niños hay aquí? —suelta Alex, ajustándose un gorrito de fiesta ridículo que Lou le ha obligado a ponerse.Lou, que está colocando una bandeja de limonada, lo apunta con otro gorrito como si fuera un arma.—Sin insultos. Margot ha querido invitar a toda su clase, y aquí están. —Se gira hacia mí, atusándome el pelo como si fuera una cría, y me coge de la mano—. Ven, Stas, ayúdame con los canapés.Me dejo arrastrar a la cocina, donde el caos e
ANASTASIAEl aire de noviembre es frío, y el cielo está cubierto de nubes grises que amenazan con lluvia. Estoy en el coche, con las manos apretando el volante mientras espero en el tráfico, de vuelta de recoger a Lily del colegio. Ella está en el asiento trasero, cantando una canción de la radio, y su voz chillona me saca una sonrisa a pesar de que estoy agotada. El trabajo en la cafetería hoy ha sido un caos, Marta y yo todavía parece que estamos aprendiendo a llevar las riendas del negocio a solas. Entre pedidos equivocados, un proveedor que se retrasó y un cliente que casi arma un escándalo por un café frío, lo único que quiero ahora es meterme en casa, ponerme una sudadera de Leo y dejar que el mundo se detenga por un rato.Mi teléfono vibra en el salpicadero cuando aparco en casa y Lily sale dando brincos del coche. El teléfono no me da un respiro ni cuando casi me pillo la mano con la puerta. Es Trevor.—Hola...—Stas, hola —su voz suena tensa, como si estuviera midiendo cada p
ANASTASIAAyer, después de que Leo me contara su charla con Oliver, no pude dormir. Me pasé la noche dando vueltas, pensando en cómo abordar esto, en cómo explicarle a mi hijo de trece años por qué su familia es un rompecabezas con piezas que no encajan. No quiero llenarle la cabeza de rencor, pero Leo tiene razón: Oliver ya no es un niño pequeño. Está empezando a hacer preguntas, a atar cabos, y si no le doy respuestas, alguien más lo hará, y no de la manera que quiero.Toda la casa está despierta a estas horas, menos Oliver. Sé que estuvo jugando con la consola hasta tarde.Cuando oigo sus pasos bajando las escaleras, mi estómago se tensa. Lleva el pijama arrugado y el pelo revuelto, y aunque intenta parecer despreocupado, hay algo en su postura. Se acerca, arrastrándose descalzo, y me besa la mejilla.—Buenos días, mamá —dice, con esa voz que ya no es la de un niño, pero que todavía tiene un eco de suavidad.Ha pegado tanto el estirón que ya no me pide ayuda para bajarle la caja de
LEONunca pensé que me emocionaría por un color pastel. Ni por una pared. Ni por una cuna. Y, sin embargo, aquí estoy, con una brocha en la mano, mirando cómo Anastasia me da órdenes desde la puerta como si llevara toda la vida dirigiendo reformas.—Más a la derecha, que te ha quedado un hueco —me señala, con una mano apoyada en la curva de su barriga de siete meses y la otra sosteniendo un vaso de agua que probablemente no ha tocado en media hora.—A la derecha está la esquina, jefa —respondo, intentando no reírme.Me mira con ese gesto que mezcla paciencia y amenaza.—Tú pinta.Obedezco, porque con las hormonas que se gasta, hoy no es día para provocarla. Además, verla ahí, con esa camiseta vieja que me robó y que apenas cubre su barriga, hace que cualquier cosa que me pida suene razonable.Hoy es un día tranquilo, sin carreras, sin amigos dando por culo. Oliver está con su padre el oficinista estirado, así que tenemos la casa para nosotros. Anastasia dice que está cansada, que el e
ANASTASIANunca pensé que el sonido de una furgoneta vieja y un grupo de amigos quejándose mientras cargan muebles pudiera hacerme tan feliz. Pero aquí estoy, con las llaves en la mano, de pie frente a la puerta blanca de la casa que a partir de hoy va a ser nuestra casa.No un piso pequeño.No un alquiler temporal.Una casa con jardín, espacio para que Oliver corra, para que Koda se revuelque en la hierba, y para que Leo y yo construyamos algo mucho más grande.—¡Anastasia! —Lou se asoma con el ceño fruncido dese la barandilla de las escaleras—. ¿Dónde diablos quieres que ponga otra de tus cajas "frágiles"? Son frascos de velas.—Déjala en la habitación pequeña, ya las organizaré otro día.Alex está gritando algo sobre cómo el sofá “no va a caber por la maldita puerta”, y Marko le contesta que “deje de lloriquear y empuje más fuerte”. Yo sólo me río. Leo pasa por delante de mí, cargando con una caja enorme que pone juguetes, y me guiña un ojo. El pelo se le pega a la frente de lo sud
LEOMis navidades llevan demasiados años siendo tranquilas. Nunca he sido de grandes regalos, ni de decorar el apartamento, y menos de escuchar villancicos. Para mí, la Navidad perdió la magia cuando cuando mi padre murió y a mi madre y a mi nos empezó a dar más igual el siquiera molestarnos a poner un árbol torcido en el salón. Era como si las luces, los adornos y toda esa mierda festiva fueran un recordatorio de lo que faltaba, así que simplemente dejábamos pasar las fechas con una cena sencilla y poco más.Este año es diferente. El espíritu navideño ha vuelto.Anastasia se ha gastado cuatro sueldos para que su piso parezca una taller de enanos del Polo Norte. He descubierto que es una flipada de la Navidad. Al principio, pensé que estaba loca, pero luego me contó por qué: sus últimas navidades han sido una mierda. Entre los padres de Trevor, que la trataban como si fuera invisible y arrebatándole momentos con Oliver, y los suyos propios, no ha podido disfrutar de su época favorita





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