LEO
Nunca pensé que me emocionaría por un color pastel. Ni por una pared. Ni por una cuna. Y, sin embargo, aquí estoy, con una brocha en la mano, mirando cómo Anastasia me da órdenes desde la puerta como si llevara toda la vida dirigiendo reformas.
—Más a la derecha, que te ha quedado un hueco —me señala, con una mano apoyada en la curva de su barriga de siete meses y la otra sosteniendo un vaso de agua que probablemente no ha tocado en media hora.
—A la derecha está la esquina, jefa —respondo,