El recorrido terminó pasadas varias horas, cuando el cansancio ya se había instalado en los huesos y el edificio comenzaba a sentirse menos imponente y más interminable. Thomas avanzó por el último pasillo acristalado y se detuvo frente a una puerta de madera oscura con una placa discreta. Empujó sin tocar.
La oficina del director general de la sede japonesa era amplia, sobria, dominada por una mesa baja de reuniones, estanterías perfectamente ordenadas y ventanales que dejaban entrar una luz grisácea, filtrada por el cielo de Tokio. Todo estaba dispuesto con una precisión casi matemática.
—Adelante, por favor —dijo el director general, poniéndose de pie de inmediato.
Thomas respondió con un leve gesto de cabeza y avanzó hacia él. Daniela entró detrás, más despacio, sintiendo el peso del día sobre los hombros. El director le indicó con la mano uno de los sofás laterales, tapizado en un tono claro y claramente cómodo.
Daniela agradeció ese gesto silenciosamente. Caminó hasta el sofá y