El amanecer se filtraba lentamente por la ventana del hospital, sin prisa, como si incluso la luz supiera que ese instante debía ser respetado. Daniela despertó con el cuerpo agotado, los músculos adoloridos y el corazón latiendo de una forma distinta. No era solo cansancio físico. Era la huella de algo irreversible, de algo que la había atravesado para siempre.
Sobre su pecho descansaba su hijo.
Pequeño, tibio, real.
Durante un segundo pensó que aún estaba soñando. Que en cualquier momento volvería al dolor, al miedo, a las preguntas sin respuesta. Pero no. El peso leve de ese cuerpo, el movimiento suave de su respiración, el sonido mínimo que hacía al acomodarse, la anclaron a la verdad.
Había nacido.
Thomas estaba sentado a su lado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Tenía el traje arrugado, la barba descuidada, los ojos enrojecidos por el cansancio y la emoción contenida durante horas. No había dormido. No quería hacerlo. Temía cerrar los ojos y que t