El pasillo se abría ante ellos como una columna vertebral interminable de vidrio, acero y luz blanca. El sonido constante de las máquinas, perfectamente sincronizadas, marcaba el ritmo de la sede japonesa de Kan Group. No era un ruido caótico, sino preciso, casi hipnótico: impresoras industriales trabajando a gran velocidad, cintas transportadoras desplazando pliegos recién impresos, pantallas digitales mostrando métricas en tiempo real.
Thomas avanzaba al frente, con las manos en los bolsillos