El pasillo se abría ante ellos como una columna vertebral interminable de vidrio, acero y luz blanca. El sonido constante de las máquinas, perfectamente sincronizadas, marcaba el ritmo de la sede japonesa de Kan Group. No era un ruido caótico, sino preciso, casi hipnótico: impresoras industriales trabajando a gran velocidad, cintas transportadoras desplazando pliegos recién impresos, pantallas digitales mostrando métricas en tiempo real.
Thomas avanzaba al frente, con las manos en los bolsillos del pantalón del traje, la espalda recta y el rostro serio. Cada paso suyo parecía medido, como si aquel lugar le perteneciera no solo por papeles, sino por derecho propio. A su alrededor, supervisores y gerentes caminaban a cierta distancia, explicando datos en japonés que él escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando, haciendo preguntas breves y precisas.
Daniela caminaba apenas unos pasos detrás de él, sosteniendo la tablet contra su pecho. Sus ojos iban de un lado a otro, absorbien