El día del evento amaneció con un aire distinto. Desde muy temprano, la empresa Kan Group estaba envuelta en una atmósfera de celebración contenida. Las secretarias corrían de un lado a otro, las decoradoras ajustaban los últimos arreglos florales, y en el centro del amplio salón de conferencias relucía el emblema dorado del grupo empresarial. Todo debía ser perfecto. Era un día “importante”, decían. Daniela caminó por el pasillo con su carpeta de siempre abrazada al pecho, intentando ignorar las voces, las risas, las cámaras que ya empezaban a instalarse. Había pasado tres días sin dirigirle una palabra a Alejandro, aunque trabajaban en el mismo edificio. Lo evitaba como si cada mirada pudiera partirla en dos. Dormía poco, comía apenas, y las lágrimas que juró no volver a derramar seguían apareciendo cada noche, tercas, como heridas sin cerrar. Aun así, esa mañana, se obligó a lucir impecable. Su blusa blanca estaba perfectamente planchada, la falda lápiz se ceñía a su figura y el
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