Cuando Daniela reaccionó, lo primero que percibió fue el silencio.
Un silencio profundo, casi reverencial, muy distinto al murmullo constante de voces y papeles que había llenado la oficina horas antes. Parpadeó varias veces, desorientada, intentando ubicarse. La luz blanca del techo ya no estaba encendida; en su lugar, una iluminación tenue proveniente de una lámpara lateral bañaba el despacho con sombras suaves y alargadas.
Sintió algo cálido sobre los hombros.
Bajó la mirada y descubrió una chaqueta oscura cubriéndole el cuerpo. Era amplia, pesada, y olía levemente a un perfume sobrio, masculino, discreto. El corazón le dio un pequeño vuelco cuando comprendió de quién era.
Se incorporó de inmediato, con un sobresalto contenido.
—Dios… —susurró para sí misma.
Miró alrededor. La oficina estaba vacía. El director general ya no estaba y tampoco Thomas. La mesa de reuniones había sido ordenada, los libros económicos apilados con pulcritud, y la laptop de Thomas ya no se encontraba sobre