Cuando Daniela reaccionó, lo primero que percibió fue el silencio.
Un silencio profundo, casi reverencial, muy distinto al murmullo constante de voces y papeles que había llenado la oficina horas antes. Parpadeó varias veces, desorientada, intentando ubicarse. La luz blanca del techo ya no estaba encendida; en su lugar, una iluminación tenue proveniente de una lámpara lateral bañaba el despacho con sombras suaves y alargadas.
Sintió algo cálido sobre los hombros.
Bajó la mirada y descubrió una